La aventura mágica
- Prof. Leandro Jiménez M.
- 27 ago 2025
- 4 min de lectura

Ana y Leo se miraron una vez más. Estaban a punto de comenzar el viaje más importante de sus vidas.
Habían elegido con cuidado sus objetos de la Tierra del Tiempo.
Ana guardó en su bolso:
la gema del tiempo,
la lámpara de luz eterna,
y el huevo del dragón bebé.
Leo, en cambio, eligió:
la brújula encantada,
el escudo de hielo,
y una botella de agua curativa.
—¡Es momento de partir! —dijo Ana.
El búho abrió sus alas y, con un aleteo, el suelo tembló. Frente a ellos apareció un sendero que brillaba como si tuviera estrellas. Una voz mágica les susurró:
—Para salvar el reino deberán cruzar la cueva mágica, seguir el camino antiguo, cruzar el río de cristal, sobrevivir en la foresta oscura y llegar al castillo escondido… donde algo muy poderoso los espera.
La brújula de Leo comenzó a girar sin control.
—¡Algo se acerca! —gritó Ana.
De repente, el cielo se volvió gris… y un grito estremecedor hizo temblar el suelo. El huevo de dragón comenzó a brillar y el aire se llenó de una energía desconocida.
Del bosque salió un gato gigante de color azul, con ojos amarillos, dientes y garras afiladas, que imponía temor.
Ana y Leo se escondieron en la cueva mágica. Estaba oscuro, pero gracias al brillo del huevo podían ver. Allí decidieron separarse: uno con el huevo y el otro con la lámpara de luz eterna. Había dos caminos.
Leo se llevó el huevo y Ana, la lámpara. El camino de Leo estaba iluminado por gusanos brillantes, hermoso. En cambio, el de Ana estaba lleno de murciélagos.
De pronto, la cueva empezó a temblar: el gato gigante saltaba encima de ella. Leo vio una grieta, pero al estar separados no podía avisar a Ana. Corrió hacia atrás para alcanzarla, mientras la grieta se hacía cada vez más grande.
Cuando la vio, le gritó:—¡La cueva se derrumba!
Ana volteó, lo vio, pero no lo escuchó bien. Aun así entendió la situación y corrió hacia la salida. Lograron escapar.
—Ahora solo nos falta el camino antiguo —dijo Ana.
Después de mucho caminar lo encontraron. Mientras avanzaban, vieron huesos: era un pueblo destruido por los enemigos. De entre las casas salió el mismo monstruo, el gato.
Ana y Leo corrieron, pero Ana cayó. Asustada, vio cómo el gato la mordía de la polera y la subía a su espalda. Leo, detrás, pensó que la atacaba, pero Ana gritó:
—¡Leo, tranquilo, es amigable!
Leo se dio la vuelta y vio a Ana sobre el lomo del gato. Se detuvo. Ana bajó y dijo sonriendo:
—A ver, cosita… ¿cómo te voy a llamar?
Tras pensar un rato, decidió:
—Te voy a llamar Bigotes. Con Bigotes llegaremos más rápido.
Ana y Leo, junto a Bigotes, miraron al este y dijeron al unísono:
—¡Vamos al río de cristal!
Cuando llegaron, vieron que el río estaba congelado. Bigotes no quiso cruzar, así que bajaron. Caminaron por el hielo, pero este empezó a romperse. Quedaron atrapados en una plataforma.
Ana, que sabía de física, le dijo a Leo:—No te muevas. Si lo hacemos, nos caeremos.
Pero Leo, asustado, respondió:—¡¿Cómo quieres que no me mueva si vamos a caer?! ¡Nada tiene sentido!
Y zapateó con fuerza. El hielo se rompió y ambos cayeron al agua helada.
El gato saltó al río y los rescató, llevándolos a la orilla.
Ana despertó, luego Leo.—Estuvo cerca… yo creo que debemos dejar esta aventura aquí —dijo Leo.
Ana lo dudó, pero para levantar su ánimo exclamó:—¡Hemos superado la cueva, el camino antiguo y no nos vamos a detener aquí! Vamos a cruzar la isla y salvaremos Midla.
Leo, inspirado, aceptó seguir.
Sin embargo, Bigotes se detuvo frente al agua.—Ya sé que te da miedo —dijo Leo acariciándolo—. Nosotros cruzaremos y tú busca la forma de llegar al castillo.
Ana y Leo siguieron hasta encontrar una entrada secreta bajo una palmera.
Dentro había una balanza mágica. Había que equilibrarla. Ana probó, pero se equivocó, y aparecieron pinchos. Leo corrió entre ellos, esquivando, mientras Ana lo intentaba una y otra vez… hasta que lo logró.
Cuando volteó, vio a Leo atrapado entre los pinchos. Lo ayudó a liberarse y juntos llegaron al castillo.
Allí, un dragón de dos cabezas los esperaba.
Ana, helada por el miedo, murmuró:—Leo… míralo…
Leo tartamudeó:—A-a… eso no… nos tenemos que enfren… enfrentar…
Ana, con valor, dio un paso al frente:—¡Oye, dragón! ¡Escúchame! ¡Dejarás este pueblo!
El dragón lanzó su cola contra ella.—¡Salta! —gritó Leo.
Ana saltó, se aferró a la cola, pero cayó. Leo intentó golpear al dragón con su espada, pero esta se rompió.
Ana corrió hacia él y dijo:—Tú distráelo, yo lo mataré.
Leo sonrió, pese al miedo:—Está bien… pero antes, fue un gusto pasar esta aventura contigo.
Leo comenzó a distraerlo mientras Ana escalaba al dragón. Estaba a punto de caer cuando, de repente, Bigotes apareció. Saltó, la montó en su lomo y la impulsó hacia la cabeza del monstruo.
Ana, con lo que quedaba de su espada, la clavó en el ojo del dragón.
Este rugió, se desplomó… y de su cuerpo salió confeti amarillo.
El pueblo fue liberado y Ana, Leo y Bigotes vivieron felices por siempre.
FIN

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Que gran Cuento. 🥰
Que gran imaginación! :)
porque solo le falta inicio.
QUE INSANIDI